Reflexión Jesús Calma la Tempestad

22 oct. 2017

 El Mar Embravecido.


El mar embravecido, en época de Jesús, era símbolo
de las fuerzas del mal. Jesús se dirige al mar con las
misma palabras que emplea para liberar a un
endemoniado en el capitulo primero de San Marcos. Jesús
exorcisa al mar. le ordena imperativamente: "¡cállate ,
enmudece!" Jesús  quiere que los apóstoles se den cuenta
de que el demonio no tiene nada que hacer cuando él
está presente. Puede aullar, puede hacer aspavientos,
pero hasta allí. Tiene que enmudecer anta la presencia
de Jesús.

 Es algo que muchos no quieren aprender. Ante las
tormentas de la vida; ante los embates del espíritu del
mal; tiemblan, se asustan. Parece que creen más en el
demonio que en el poder de Dios. Algunos se paralizan
ante los maleficios de otros les puedan hacer. Tienen
miedo a las maldiciones, que sus enemigos les envían.
 Tiemblan ante el nombre del demonio. Se les olvida lo
que San Juan dejó claramente consignado en su carta: "El
que está en ustedes es superior al que está en el mundo"
(1 Jn 4, 4). San Pablo decía: "Si el Señor está con nosotros,
¿quién contra nosotros?" (Rm 8, 31).
 Pedro se estaba hundiendo porque miraba fijamente
hacia las revueltas olas del mar, bajo sus pies. Se le había
olvidado ver a Jesús que estaba frente a él. Centrar nuestra
atención en el mal del mundo equivale a apartar nuestros
ojos de Jesús que nos asegura que con él estamos seguros.
 Al oír hablar a algunos, uno se convence de que creen
más en el diablo que en Jesús. Por eso fracasan en las
tormentas. Por eso se hunden.

 Cuando la tormenta se desató, Jesús y los apóstoles
se dirigían hacia Decápolis, diez ciudades totalmente
paganas. Claro está, el demonio no quería que Jesús
incursionara en su terreno. Tuvo que hacer algo. Tuvo
que enfurecerse y demostrarlo en el mar embravecido.
 Logró hacer tambalear la barquilla. pero no pudo
hundirla.

 Esta es una experiencia, repetidas veces,
experimentada. Cuando vamos hacia el bien, el mal en
alguna forma se manifiesta. El seguidor maduro de Jesús,
no se turba; ya conoce la táctica del enemigo. Llama a
Jesús y sabe que con el Señor en su barca, nada debe
temer.

 Los apóstoles, al desatarse la tormenta, se pusieron
a gritar; acudieron a arreglar las velas, los remos. Por
último acudieron a Jesús. Según el texto evangélico, se
estaban hundiendo. si desde el principio hubieran
despertado a Jesús, se hubieran ahorrado el pánico.

 Durante nuestras tormentas espirituales, sicológicas,
económicas, acudimos al médico, al banco, a los amigos;
algunos visitan brujos o centros espiritistas; van a que les
tiren las cartas. Por último se acuerdan de Jesús. Nos
ahorraríamos muchas angustias, si en nuestras borrascas
existenciales acudiéramos siempre en primer lugar al
Señor. El está ahí, a nuestro lado; sólo espera que le
pidamos ayuda. Sólo espera que nos acordemos que él
existe, que está; pronto a domar las furias del mar.


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Texto Tomado del Libro:
Meditaciones para los Días de Sufrimiento.
Autor: P. Hugo Estrada s.d.b.



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